Turing, el payaso

Turing-el-payaso

Todos los días desde temprano estaba en escena Turing, el payaso; ensayando sin descanso. Preparaba nuevas rutinas, inventaba nuevos chistes, ensayaba nuevas caídas… Para quienes tuvimos el placer de verlo actuar, sigue siendo sorprendente que nunca, ¡nunca!, repitiera un show.

Todos querían felicitarlo después de cada función. Los niños hacían largas filas para fotografiarse con él quien, gustoso, los sentaba en sus piernas y les regalaba una sonrisa.

Podríamos decir que era Turing la estrella del show, podríamos decir que era el personaje más importante del circo; pero mentiríamos. Mariana, la hermosa trapecista, ostentaba este galardón.

Turing la conoció en el circo. Justo cuando se iba a retirar; pero después de conocerla decidió esperar. ¿Qué tanto sería un año más? ¿Un siglo más? Y es que le bastó conocerla para prendarse de ella. ¡Yo no lo juzgo! Mariana era hermosa: menuda y serena. Muy bella; pero muy joven.

Cómo conoció Turing a Mariana amerita, por sí mismo, todo un cuento. Turing la vio por primera vez la tarde de un miércoles, ella estaba sentada, escuchando las indicaciones del director del circo, un hombre de pelo largo, cenizo. Un verdadero loco. Cuando Turing la vio se enamoró. Fue inmediato; pero aún así, no hizo nada. Pudo más el miedo, se sentó a escuchar y guardó silencio.

Así todos los días. La veía, callaba y aguardaba por el día perfecto. Ese momento mágico; pero el tiempo pasaba y el día no llegaba. De repente, un viernes, estando él algo distraído, Mariana se le acercó a saludarlo. En realidad era sólo una excusa, ella había faltado al ensayo anterior y quería preguntar para ponerse al día. Turing lo entendió; pero quiso creer otra cosa: que en realidad ella se había acercado por gusto. Porque a lo mejor —pensaba él— ella también sentía lo mismo.

Así comenzó su relación. Y digo relación porque, por más que quisiera decir amistad, sería mentirles. Turing la amaba y ella… ella era muy joven. Turing se esforzaba en tarima haciendo rutinas cada vez más extensas, más complejas y más refinadas. Ella lo veía y reía, a veces, incluso, lo saludaba. Pero mientras él ahondaba más y más en el abismo de sus ojos; ella se perdía por otro: Rubén, el gimnasta.

Rubén llevaba en el circo mucho menos que Turing. Su puesta en escena no era tan brillante; pero era más joven, mucho más joven que él. Además, era gimnasta y por ende ensayaba con las trapecistas —incluyendo a Mariana—. por eso, no fue extraño que al pasar unos meses, Mariana hubiera empezado una relación con él. Mientras que Turing, ignorándolo todo, seguía soñando perdido en sus fantasías.

Pero una tarde, una tarde bien cálida, mientras Turing salía al camerino, los vio juntos y lo entendió. Entendió que ella estaba enamorada, no precisamente de él. Lo supo en sus ojos y en su sonrisa. Y no es que los viera besándose… Eso habría matado al pobre de Turing; pero los vio caminar juntos. La vio a ella sonreír, la vio mirarlo y sonreír… Esa clase de mirada que solo produce el amor. Turing, recogió lo que quedó de sí y se marchó del circo.

Con el paso de los días, percatándose Mariana de la situación, lo buscó. Lo buscó con no poca insistencia. Y lo encontró. Turing llevaba varios días sin ir al circo, había tomado una licencia médica; cuando en realidad no salía de su casa. Solo pensaba y escribía.

Hasta allí llegó Mariana. Le dijo cuánto lo quería y cuánto lo extrañaba. Turing olvidó que la había olvidado… y retomó. Ella le confesó que Rubén no la llenaba, no por completo. Él, nuevamente, volvió a caer. Volvió a buscarla, volvió a cubrirla… Mariana era feliz. Turing estaba muriendo. Muriendo pues el corazón de darse, llega un día en que se parte.

Ese día llegó más pronto que tarde. Habían pasado unos meses. Turing seguía su rutina, todos los días. El mismo, el especial. Hasta que un día, no pudo más y por fin la encaró:

— ¿Por qué no te apiadas de mí y de mi dolor? ¿Por qué me miras, indolente y frívola? ¡No me contestes, ya lo sé! Es porque soy un payaso viejo, ¿cierto?. Vine a este mundo a reír y alegrar. No tengo el derecho de llorar. ¡No entiendes que mi alma se consume!

Mariana lo miró entonces, compasiva y misericordiosa, por primera vez en su corta vida. Turing se alegró por su rostro, esperaba buenas nuevas, se llenó de emociones. Henchido su corazón, estaba a punto de estallar cuando, de repente, Mariana interpeló:

— No, Turing. ¡Eres tú quien no lo entiende! No puedes llorar, no por que seas payaso. No puedes amarme, no porque seas viejo, sino por que eres un robot. Y los robots no tienen corazón.

Carta a mi padre

Mis Padres

Mis Padres

Hoy mi padre cumple años. Eso me llena de nostalgia. No porque no lo quiera. Todo lo contrario. El sabe que lo amo; pero es precisamente ese sentimiento, el que genera la nostalgia. La de saber que es un año más de vida y uno menos de existencia.

Han sido tantos los años fuera de casa. Ha sido tanto el tiempo desperdiciado en cosas que no valían la pena. Ha sido tanta la distancia, que ahora, cada vez que cumple años, siento que estoy un año más cerca de perderlo. No somos eternos. Eso es algo cierto. Entonces me pregunto: ¿cuántos años vivirá? ¿100, 110? Sea como fuere, el cronómetro va al revés. Por eso cada que puedo trato de irme a Bucaramanga, bajo cualquier pretexto. Para estar con ellos. Con mi familia. Los seres más importantes en mi vida, desde siempre…

Y es que recuerdo con nostalgia mi infancia. Mi padre me decía “vamos mijo, a dar una vuelta”; pero siempre tenía una excusa: el colegio, los amigos… El tan solo callaba y partía.

Después vino la adolescencia. Ya no era el colegio, ya no eran los amigos. Ahora eran “mis cosas”, “mi espacio”, “mi novia”. Después de todo: él siempre estaría ahí para mí.

Luego vino el secuestro. Mi padre ya no estuvo. Probablemente no volvería a estarlo. Prometí que si volvía núnca volvería a alejarme. Unos años después había olvidado la promesa y estaba lejos de casa.

Pude viajar, mucho. Conocí lugares fascinantes. Pero siempre estuvieron allí: la sala de mi casa; el café de mi madre y el silencio de mi padre. En conjunto: la perfecta realización del significado de la vida y la definición del amor.

No creo en Dios. Pero a veces dudo de mi: Porque al ver a mi padre, a mi madre y a mis hermanos, siento que el azar se queda corto, para haberme puesto en tan buena compañía.

Por eso hoy, con algo de nostalgia; pero mucho amor. Celebro un año más de la vida de mi padre Don Alfredo Arturo Rincón Reinel. Un hombre que siendo doctor merece muy por encima el título de Señor. Pues ha sido, desde siempre, un ejemplo de hijo, de esposo, de padre, de amigo y de socio.

Larga vida a mi padre.

Un tiempo

Es una hermosa mañana. Se tienden sobre el césped, tan solo a contemplarse. Él, generosamente la recibe sobre su pecho. Ella lo abraza. Es su tercer año de novios.

Él juega con su pelo. Sueña con llevarla a París. Al Jardin des Tuileries; ése es el lugar: caminarían despacio, entre los árboles, viendo la puesta del sol. Después, tomarían café en la Place de la Concorde: un Vienés, por supuesto, el favorito de ella. Cenarían en Le Meurice: su famoso cordero con alcachofas y limón; con un buen vino de Borgoña. Terminarían en L’Astrance, ¡Cómo perderse su tarta de Moras? Allí, precisamente en L’Astrance —piensa él—, le dirá que la quiere, que no concibe su vida sin ella. Que la ama, que la necesita. Le pedirá su mano.

¿Dirá que sí? —se cuestiona— ¡Por supuesto! Ella me ama. Lo sé.

Entonces sonríe, por lo mucho que lo ha pensado. ¡Y lo mucho que le ha costado! Ha sido un año de trabajo y esfuerzo; pero ya tiene todo preparado, hace unos meses compró los boletos y, desde luego, tiene ya las reservas. Ahora solo debe decirlo.

¿Y cómo lo haré? —se pregunta—, debo ser sutil; quiero que —para ella— todo sea inesperado. ¡Será una gran sorpresa!

Así es él. Un romántico que busca siempre la mejor forma, el mejor momento, el mejor lugar. Ella ha sido su único amor. Por eso tanto reparo, tanto cuidado al detalle. Todo debe ser perfecto.

Pasan los minutos, él sigue pensando, ella guarda silencio. Es el momento —lo entiende—, es ahora o nunca. La mira entonces, con sus ojos profundos. La toma del rostro, con ambas manos, la mira fijamente, la mira y sonríe; ella, antes inmóvil, comienza a desprenderse, a un ritmo lento, imperceptible. Él no lo nota. Está nervioso; pero está decidido. Se resuelve entonces y la abraza fuerte. La cubre con sus brazos. La besa. ¡Está a punto de decirlo! Pero ella se adelanta:

Tengo que pedirte algo. –susurra– Démonos un tiempo.

Ejecución

Estaba allí, a punto de ser colgado. Todos saben de quién hablo ¿no es verdad? Hablo de Amor, ese muchachito malcriado e entrometido, que disfrutaba arruinándole la vida a los demás. El hijo de Amistad y de Deseo. A mala hora vinieron a tener a ese engendro…

Pero bueno, el caso es que allí estaba Amor, colgado del cuello. Y no estaba solo, pues ese día fueron 3 los condenados. Amor y sus 2 hermanos menores: Transparencia y Compromiso.

A Amor, por no respetar a nadie: ni rico, ni pobre. Ni creyente, ni ateo. Ni hombre, ni mujer, ni siquiera inter-sexual. A todos por igual los engaña y les promete el cielo y la tierra ¿Todo para qué? ¡Para después salir con un chorro ‘e babas!— Me decía una señora, mientras se soplaba la cara con un abanico viejo, de esos de mano, tan comunes por esas épocas de calor infernal.

A ese Transparencia, ese aprovechado es tan malo como Amor. Ese lo obliga a uno a decir las cosas que uno debería esconder, para después estar echándonolas en cara.— Gritaba otro señor, gordo y sudoroso. Maloliente. Resentido.

¡Compromiso es inocente!— gritaban los viejos. —Ese se deja llevar por Amor y Transparencia; pero en realidad no sabe lo que provoca…— Pero más fuerte gritaban los jóvenes —¡Que lo ahorquen! ¡Seremos libres por fin!

Y entre grito y grito el verdugo subía. Aunque llevaba una máscara, todos en el pueblo AM sabían que era Perdón. Respecto a él, es difícil llegar a un consenso, para algunos, es un pedante, que dice ser amigo sólo de seres grandes; para otros, es un parcero, una llavería, que está con ellos todo el tiempo. Lo llevan a presentárselos a sus parejas y sus amistades, con frecuencia comparten juntos. A mí; sin embargo, me parece que lo conocen pocos. Pero eso no importaba, Perdón seguía subiendo a la tarima. ¿Cómo haría para soportar tanto calor, vestido de cuero negro? Mientras me lo preguntaba, seguía con mi libreta: tomando apuntes, registrando el evento.

Y es que hace rato no se vive algo así en AM. Después de la última ejecución: la de Paciencia y Diálogo. En ese momento todos creíamos que sería el fin de los problemas. Pero fíjese usted periodista— me decía uno de los asistentes, un hombre más bien maduro. —que la supuesta solución lo que hizo fue traer más problemas. Muertos Paciencia y Diálogo, Amor y sus hermanos se salieron de control.

Seguía escuchando a distintas personas; mientras guardaba la libreta y sacaba la cámara fotográfica. El calor era insoportable. Recuerdo mirar mi reloj, que ya parecía uno de Dalí. Sudaba demasiado; pero no me atrevía a sacar mi pañuelo. Tenía la cámara lista. Ya el verdugo estaba en posición. Debía registrar la foto precisa en el momento perfecto. Tenía la sensación de que esto sería un evento histórico.

Perdón probó por última vez los nudos sobre las gargantas trémulas. Verificó que estuvieran bien ajustados y miró, de reojo, a los futuros cadáveres. Creo que incluso sonrió. Entonces, se deslizó hasta la perilla de salto, esa que haría que colgaran suspendidos, esa que provocaría que sus cuellos se rompieran, esa que desencadenaría la isquemia. Esa que pondría punto final. Y se aprestó a girarla.

Se abrieron entonces las apuestas: ¿Quién aguantaría menos? ¿Quién caería primero? Sería acaso Amor, después de todo era el que más había hecho sufrir, algo de miedo debería tener. ¿O sería transparencia? A lo mejor, esa era tan frágil como la barandilla donde estaba empinada. De compromiso si: ni hablar. La gente estaba convencida que ese, hasta para morirse, alargaría el suplicio. Yo no le aposté a ninguno de ellos. Yo le hubiera apostado a una mujer, una sentada no muy lejos, pidiendo algo de tiempo para los condenados. Pero ella no era una opción. Y pese a que varios me intentaron convencer, no estaba dispuesto a soltar mi cámara. Esa foto sería primera plana. Lo sabía. En los otros pueblos se hablaría de ese día, al menos por los años futuros…

Cuando el sol estuvo en el cenit, Perdón tomó la perilla. No lo pensó. La giró. Cayeron Amor, Transparencia y Compromiso; al tiempo. Y en una danza macabra comenzaron a agitarse en el aire, dando giros vertiginosos, se miraban, se despedían, se morían. Primero cayó Transparencia, después fue Compromiso… el último en morir fue Amor.

Tomé las fotos, varias, hasta que se atoró el rollo. Traté de corregir el carrete; pero fue inútil y en el intento, lo eché a perder. Guardé mi cámara entonces, algo decepcionado por no poder registrar el momento, y seguí mirando los —ahora— cuerpos sin vida.

Hubo silencio, un silencio ruidoso, como de incertidumbre. Alguien grito ¡Viva la libertad! y comenzó la fiesta entonces, bailaban y bebían los habitantes de AM. Todos celebraran, felices. Celebran sus muertes y celebran sus muertes.

Yo tomé mi caballo y me devolví a la ciudad. Tenía que traer otra cámara. Quería registrar al menos la celebración. Quería tener cómo fotografiar las caras de la gente, al otro día, luego de tan nefastos sucesos. ¿Seguirían así de felices? ¿Qué pasaría de ahora en adelante?

Me devolví entonces, a buena marcha. Llegué ya entrada la noche, a mi ciudad, la ciudad RR. Dormí algunas horas y en la madrugada, emprendí la vuelta. Pero fue inútil.

— ¿Por qué, Abuelo? ¿Qué pasó entonces? — Me pregunta mi nieto Tomás; mientras le termino de contar esto que pasó hace ya tantos años…

—¡A ciencia cierta, no lo sé Tomás! Pero cuando regresé todo estaba en silencio. Comencé a recorrer las calles: solo veía gente desnuda. Unos sobre otros, con cara de éxtasis yacían en el suelo. Muertos.