Carta a mi padre

Mis Padres

Mis Padres

Hoy mi padre cumple años. Eso me llena de nostalgia. No porque no lo quiera. Todo lo contrario. El sabe que lo amo; pero es precisamente ese sentimiento, el que genera la nostalgia. La de saber que es un año más de vida y uno menos de existencia.

Han sido tantos los años fuera de casa. Ha sido tanto el tiempo desperdiciado en cosas que no valían la pena. Ha sido tanta la distancia, que ahora, cada vez que cumple años, siento que estoy un año más cerca de perderlo. No somos eternos. Eso es algo cierto. Entonces me pregunto: ¿cuántos años vivirá? ¿100, 110? Sea como fuere, el cronómetro va al revés. Por eso cada que puedo trato de irme a Bucaramanga, bajo cualquier pretexto. Para estar con ellos. Con mi familia. Los seres más importantes en mi vida, desde siempre…

Y es que recuerdo con nostalgia mi infancia. Mi padre me decía “vamos mijo, a dar una vuelta”; pero siempre tenía una excusa: el colegio, los amigos… El tan solo callaba y partía.

Después vino la adolescencia. Ya no era el colegio, ya no eran los amigos. Ahora eran “mis cosas”, “mi espacio”, “mi novia”. Después de todo: él siempre estaría ahí para mí.

Luego vino el secuestro. Mi padre ya no estuvo. Probablemente no volvería a estarlo. Prometí que si volvía núnca volvería a alejarme. Unos años después había olvidado la promesa y estaba lejos de casa.

Pude viajar, mucho. Conocí lugares fascinantes. Pero siempre estuvieron allí: la sala de mi casa; el café de mi madre y el silencio de mi padre. En conjunto: la perfecta realización del significado de la vida y la definición del amor.

No creo en Dios. Pero a veces dudo de mi: Porque al ver a mi padre, a mi madre y a mis hermanos, siento que el azar se queda corto, para haberme puesto en tan buena compañía.

Por eso hoy, con algo de nostalgia; pero mucho amor. Celebro un año más de la vida de mi padre Don Alfredo Arturo Rincón Reinel. Un hombre que siendo doctor merece muy por encima el título de Señor. Pues ha sido, desde siempre, un ejemplo de hijo, de esposo, de padre, de amigo y de socio.

Larga vida a mi padre.

Un tiempo

Es una hermosa mañana. Se tienden sobre el césped, tan solo a contemplarse. Él, generosamente la recibe sobre su pecho. Ella lo abraza. Es su tercer año de novios.

Él juega con su pelo. Sueña con llevarla a París. Al Jardin des Tuileries; ése es el lugar: caminarían despacio, entre los árboles, viendo la puesta del sol. Después, tomarían café en la Place de la Concorde: un Vienés, por supuesto, el favorito de ella. Cenarían en Le Meurice: su famoso cordero con alcachofas y limón; con un buen vino de Borgoña. Terminarían en L’Astrance, ¡Cómo perderse su tarta de Moras? Allí, precisamente en L’Astrance —piensa él—, le dirá que la quiere, que no concibe su vida sin ella. Que la ama, que la necesita. Le pedirá su mano.

¿Dirá que sí? —se cuestiona— ¡Por supuesto! Ella me ama. Lo sé.

Entonces sonríe, por lo mucho que lo ha pensado. ¡Y lo mucho que le ha costado! Ha sido un año de trabajo y esfuerzo; pero ya tiene todo preparado, hace unos meses compró los boletos y, desde luego, tiene ya las reservas. Ahora solo debe decirlo.

¿Y cómo lo haré? —se pregunta—, debo ser sutil; quiero que —para ella— todo sea inesperado. ¡Será una gran sorpresa!

Así es él. Un romántico que busca siempre la mejor forma, el mejor momento, el mejor lugar. Ella ha sido su único amor. Por eso tanto reparo, tanto cuidado al detalle. Todo debe ser perfecto.

Pasan los minutos, él sigue pensando, ella guarda silencio. Es el momento —lo entiende—, es ahora o nunca. La mira entonces, con sus ojos profundos. La toma del rostro, con ambas manos, la mira fijamente, la mira y sonríe; ella, antes inmóvil, comienza a desprenderse, a un ritmo lento, imperceptible. Él no lo nota. Está nervioso; pero está decidido. Se resuelve entonces y la abraza fuerte. La cubre con sus brazos. La besa. ¡Está a punto de decirlo! Pero ella se adelanta:

Tengo que pedirte algo. –susurra– Démonos un tiempo.

Ejecución

Estaba allí, a punto de ser colgado. Todos saben de quién hablo ¿no es verdad? Hablo de Amor, ese muchachito malcriado e entrometido, que disfrutaba arruinándole la vida a los demás. El hijo de Amistad y de Deseo. A mala hora vinieron a tener a ese engendro…

Pero bueno, el caso es que allí estaba Amor, colgado del cuello. Y no estaba solo, pues ese día fueron 3 los condenados. Amor y sus 2 hermanos menores: Transparencia y Compromiso.

A Amor, por no respetar a nadie: ni rico, ni pobre. Ni creyente, ni ateo. Ni hombre, ni mujer, ni siquiera inter-sexual. A todos por igual los engaña y les promete el cielo y la tierra ¿Todo para qué? ¡Para después salir con un chorro ‘e babas!— Me decía una señora, mientras se soplaba la cara con un abanico viejo, de esos de mano, tan comunes por esas épocas de calor infernal.

A ese Transparencia, ese aprovechado es tan malo como Amor. Ese lo obliga a uno a decir las cosas que uno debería esconder, para después estar echándonolas en cara.— Gritaba otro señor, gordo y sudoroso. Maloliente. Resentido.

¡Compromiso es inocente!— gritaban los viejos. —Ese se deja llevar por Amor y Transparencia; pero en realidad no sabe lo que provoca…— Pero más fuerte gritaban los jóvenes —¡Que lo ahorquen! ¡Seremos libres por fin!

Y entre grito y grito el verdugo subía. Aunque llevaba una máscara, todos en el pueblo AM sabían que era Perdón. Respecto a él, es difícil llegar a un consenso, para algunos, es un pedante, que dice ser amigo sólo de seres grandes; para otros, es un parcero, una llavería, que está con ellos todo el tiempo. Lo llevan a presentárselos a sus parejas y sus amistades, con frecuencia comparten juntos. A mí; sin embargo, me parece que lo conocen pocos. Pero eso no importaba, Perdón seguía subiendo a la tarima. ¿Cómo haría para soportar tanto calor, vestido de cuero negro? Mientras me lo preguntaba, seguía con mi libreta: tomando apuntes, registrando el evento.

Y es que hace rato no se vive algo así en AM. Después de la última ejecución: la de Paciencia y Diálogo. En ese momento todos creíamos que sería el fin de los problemas. Pero fíjese usted periodista— me decía uno de los asistentes, un hombre más bien maduro. —que la supuesta solución lo que hizo fue traer más problemas. Muertos Paciencia y Diálogo, Amor y sus hermanos se salieron de control.

Seguía escuchando a distintas personas; mientras guardaba la libreta y sacaba la cámara fotográfica. El calor era insoportable. Recuerdo mirar mi reloj, que ya parecía uno de Dalí. Sudaba demasiado; pero no me atrevía a sacar mi pañuelo. Tenía la cámara lista. Ya el verdugo estaba en posición. Debía registrar la foto precisa en el momento perfecto. Tenía la sensación de que esto sería un evento histórico.

Perdón probó por última vez los nudos sobre las gargantas trémulas. Verificó que estuvieran bien ajustados y miró, de reojo, a los futuros cadáveres. Creo que incluso sonrió. Entonces, se deslizó hasta la perilla de salto, esa que haría que colgaran suspendidos, esa que provocaría que sus cuellos se rompieran, esa que desencadenaría la isquemia. Esa que pondría punto final. Y se aprestó a girarla.

Se abrieron entonces las apuestas: ¿Quién aguantaría menos? ¿Quién caería primero? Sería acaso Amor, después de todo era el que más había hecho sufrir, algo de miedo debería tener. ¿O sería transparencia? A lo mejor, esa era tan frágil como la barandilla donde estaba empinada. De compromiso si: ni hablar. La gente estaba convencida que ese, hasta para morirse, alargaría el suplicio. Yo no le aposté a ninguno de ellos. Yo le hubiera apostado a una mujer, una sentada no muy lejos, pidiendo algo de tiempo para los condenados. Pero ella no era una opción. Y pese a que varios me intentaron convencer, no estaba dispuesto a soltar mi cámara. Esa foto sería primera plana. Lo sabía. En los otros pueblos se hablaría de ese día, al menos por los años futuros…

Cuando el sol estuvo en el cenit, Perdón tomó la perilla. No lo pensó. La giró. Cayeron Amor, Transparencia y Compromiso; al tiempo. Y en una danza macabra comenzaron a agitarse en el aire, dando giros vertiginosos, se miraban, se despedían, se morían. Primero cayó Transparencia, después fue Compromiso… el último en morir fue Amor.

Tomé las fotos, varias, hasta que se atoró el rollo. Traté de corregir el carrete; pero fue inútil y en el intento, lo eché a perder. Guardé mi cámara entonces, algo decepcionado por no poder registrar el momento, y seguí mirando los —ahora— cuerpos sin vida.

Hubo silencio, un silencio ruidoso, como de incertidumbre. Alguien grito ¡Viva la libertad! y comenzó la fiesta entonces, bailaban y bebían los habitantes de AM. Todos celebraran, felices. Celebran sus muertes y celebran sus muertes.

Yo tomé mi caballo y me devolví a la ciudad. Tenía que traer otra cámara. Quería registrar al menos la celebración. Quería tener cómo fotografiar las caras de la gente, al otro día, luego de tan nefastos sucesos. ¿Seguirían así de felices? ¿Qué pasaría de ahora en adelante?

Me devolví entonces, a buena marcha. Llegué ya entrada la noche, a mi ciudad, la ciudad RR. Dormí algunas horas y en la madrugada, emprendí la vuelta. Pero fue inútil.

— ¿Por qué, Abuelo? ¿Qué pasó entonces? — Me pregunta mi nieto Tomás; mientras le termino de contar esto que pasó hace ya tantos años…

—¡A ciencia cierta, no lo sé Tomás! Pero cuando regresé todo estaba en silencio. Comencé a recorrer las calles: solo veía gente desnuda. Unos sobre otros, con cara de éxtasis yacían en el suelo. Muertos.

Carta a mi Yo pasado

Me gusta soñar qué pasaría si tuviera una máquina del tiempo. Si pudiera regresar al pasado. ¿Qué haría? ¿Qué dejaría de hacer? Pues bien, pese a que desde la física teórica es posible construirla, aún no hay avances claros. Entonces, lo que hago es visualizarme X años en el tiempo y escribirme a mi mismo, a mi Yo Pasado, que en realidad es mi Yo Presente. Hago esto con frecuencia, cada vez que necesito retomar el rumbo. Pero esta vez he decidido hacer pública la carta. A lo mejor a alguien le pueda servir, quién sabe, de pronto hay un yo paralelo, en algún otro lado de internet.

Carta a mí mismo

Hola Randolf,

Le parecerá extraño que le escriba esto. No me conoce; pero me conoce mejor que a nadie. Soy usted mismo, pero soy otro que le escribe desde siempre, desde lejos. No me extenderé en la introducción, ya lo entenderá conforme vaya leyendo.

Tengo 15 puntos, sólo 15 puntos que creo que debería considerar, déle una leída cuidadosa, a lo mejor algo puede aprender:

  1. Va a morir. Debe recordarlo: va a morir. Podría ser hoy mismo. Entonces no hay que olvidarlo. Hay que sentirse agradecido por estar vivo. No hablo de Dioses ni nada por el estilo; sino de simple y humano agradecimiento. Por la capacidad de hablar, de caminar, de besar, de sentir. Por nuestros amigos y nuestra familia. Por quienes odiamos y quienes amamos. Todos, de una forma u otra, forjan nuestra vida —que es prestada—, y es bueno pensar qué pasaría si debiéramos regresarla hoy.

  2. Solo usted puede ejercitarse. Yo era la persona más sedentaria del mundo. Bueno, quizás del mundo no; pero al menos entre mis amigos sí lo era. Ya fuera por mi profesión o por la obsesión que tengo de estar aprendiendo. Cada vez que podía ejercitarme, sencillamente me hacía el loco, y no lo hacía. Pero la realidad que he venido a comprobar, después de volverme dedicado con el tema es que no puedo confiar en mi si no estoy activo. Mis emociones, mis reacciones, mi modo de pensar, mi modo de sentir, lo que digo y cómo lo digo; todo se ve afectado según haga, o no, ejercicio. Al menos media hora. No estoy diciendo que deba llegarse a la vigorexia; pero el Jogging y el Yoga han sido —al menos para mi— la mejor terapia que haya podido encontrar.

  3. Si quiere entender lo que piensa, escríbalo. No solo para estudiar o trabajar. También para pensar. Desde que me conozco tiendo a sobredimensionar las cosas y a pensar de más. Pero voy aprendiendo que lo mejor que puedo hacer en esos momentos es escribir. Me obliga a ser coherente. Me obliga a ser estructurado. Es importante. No solamente para uno, sino también para con quien uno interactúa. Entonces, cuando no tenga claro lo que piensa o lo que siente ¡trate de escribirlo!

  4. Usted es un promedio. Entender esto me costó años. Uno es un promedio de las 5 personas con las que más se relaciona. De los 5 lugares que más visita. De las 5 ideas que más medita. De las 5 cosas que más ama y, aunque suene paradójico: de las 5 que más odia. Siendo así, hay que aprender a ser selectivo. Decir que sí a todo, sólo le traerá problemas. Intentar agradar a todo el mundo, hará que se olvide de agradarse a usted mismo. Hay que pensar bien con quién se está y por qué. Hay que escoger a los amigos sabiamente —pues a la familia, buena o mala, toca aguantársela—, y sobretodo: hay que aprender a decir ¡Adiós!

    Tenga a su lado, como amigos, a las personas más parecidas a usted. Tenga, como pareja, a la persona más diferente a usted que pueda encontrar. Así, vivirá feliz.

  5. Si no pide, no tendrá. La mayoría de personas nunca pedimos lo que queremos. Suena un poco raro; pero es una realidad. Sea por miedo, por humildad o por lo que fuere, la mayoría tenemos una tendencia irrefrenable a pensar las cosas y llegar a ellas de las formas más indirectas posibles cuando, por lo general, pedirlas habría sido mucho más fácil. Pedir las cosas también le obligará a tener claro qué es lo que quiere, cosa bastante útil.

  6. Póngase en una situación de riesgo. No hablo de conducir a 200 Km/h, ni nada por el estilo. Hablo de sentir miedo: es la mejor forma de recordar que se está vivo. ¿Cuándo fue la última vez que le habló a quien le gusta? ¿La última vez que decidió hablar, en público, sobre un tema que cree que no domina? ¿La última vez que se vistió de forma irreverente, alocada, por que sí? Si su respuesta es “hace más de un mes”, piénselo bien. Piense si se está llevando a su máximo, o está pretendiendo vivir.

  7. Entiéndalo: la gente no adivina. Hay que hablar las cosas. No hay otra forma de construir sociedad. Sean cosas feas o tristes; o cosas buenas y maravillosas. Hay que decirlas. A su pareja, a su familia, a sus amigos. No hay forma en que los demás sepan cómo usted se siente, a menos que sea usted quien lo comente. Claro, después de algunos años será cada vez más evidente; pero comience ya. Hay que hablar las cosas, mientras se puede.

  8. No sea subido. Está bien sentirse apasionado por un buen vino, por un buen café o una excelente comida; pero eso no amerita que las cosas simples no tengan valor. A mí sí que me da duro esto: crecí con una madre que prepara el mejor café del mundo y cuya cocina internacional es realmente de calidad; recuerdo cuando me fui a estudiar, lejos de casa: cómo sufrí los primeros años, buscando eso que había dejado. Que nunca vuelve.

    Es bueno tener gustos refinados; pero hay que entender que no a todos les importa y no siempre se puede. ¿Qué hago yo? Trato de lidiar con esto todos los días. Si el almuerzo es en un 3-estrellas Michelin, ¡genial! Pero si no lo es, pues tratar de pensar en lo mejor del mismo y disfrutarlo. Poco a poco es más natural.

  9. Carpe diem. Horacio no estaba equivocado. Hay que aprovechar el tiempo al máximo. No significa estar siempre trabajando o estudiando. Significa estar haciendo lo que uno realmente quiere hacer. Compartir con su familia, verle la cara a su pareja, planear la nueva mega-empresa. Lo que sea; pero que sea algo de lo que pueda decir mañana: lo quise, lo hice.

    La vida es corta, muy corta. Sin importar qué tanto usted viva. Podrá recuperar su dinero, su trabajo, sus amores… pero jamás podrá devolverse a realizar lo que no hizo.

  10. Casi todo es mediocre. La mayoría de los trabajos son mediocres. El trabajo de la mayoría es mediocre. Los productos que compramos, los servicios que nos prestan… La humanidad se rige por la ley del menor esfuerzo. Entenderlo y hacerse a un lado, haciendo las cosas bien, lo hará destacar.

  11. Hacer algo bueno es bien difícil. No piense que lo que dije en el punto anterior, es tan fácil como leer y actuar. Las buenas cosas requieren conocimiento, técnica, entrega y sobretodo tiempo. Es muy, muy difícil hacer algo que sea realmente bueno. Sea algo material o un intangible. En el diseño industrial —una de mis mayores aficiones—, grandes genios como Dieter Rams o Jony Ive nos han enseñado que se puede lograr la excelencia; pero toma una vida. Y no se está libre de tropiezos.

    Para ser algo bueno hay que hacerlo, inicialmente, de forma anónima; entregándole todo nuestro tiempo a la causa y bajo la incertidumbre de no saber si funcionará. Por todo esto, por lo complicado del asunto, es que el punto 10 es una realidad universal. Pero no hay que desanimarse. Mantenerse en el camino significa que tarde o temprano se podrá llegar al destino.

  12. La percepción es la realidad. Lo que es cierto en realidad no le importa a los demás. El 99.9 % de las veces lo que le importa a la gente, lo único que les importa, es lo que perciben sobre usted. Entonces, cuide el fondo; pero también cuide la forma. Somos seres de sociedad. Alejarse sólo lo hará miserable.

  13. Controle lo que hace. No solo lo que come o bebe. Controle lo que lee, lo que ve, lo que escucha y con quién lo hace. Así como uno no deja la puerta de la casa abierta; para que entre cualquiera. No se debe dejar la vida abierta.

  14. Preste mucha atención a lo que hace cuando esté solo. ¿Qué pasa cuando nadie lo está mirando? ¿Cuando su casa está vacía, qué hace en ella? Lo que sea que haga cuando está solo dice mucho de usted. Preste atención, en qué piensa cuando está en la ducha. Esos pensamientos naturales son la mejor brújula para orientar su camino. Entiéndalos y sígalos. A lo mejor y descubre eso por lo que se siente realmente curioso. La curiosidad es uno de los motores más poderosos del ser humano.

  15. A las personas, usted le importa, en realidad, solo un 10 % de lo que cree. Así que, aunque esté haciendo el mejor esfuerzo para ser una mejor persona: no lo haga pensándolo en los demás. Si lo notarán o no. Si lo ayudarán o no. ¡Se decepcionará! Así como usted vive en su mundo, con sus problemas y sus necesidades, los demás también. No espere entonces nada, absolutamente nada de los demás. De esa forma, lo poco que llegue, será muy bien recibido.

Nos vemos en unos años.

R.F.