Mi amada Sofía

Hoy regresé al pueblo, después de varios años.

Pensaba en el camino cómo estarían todos: los niños, ya grandes; los hombres, ya viejos. Todo habría cambiado —eso creía—. Todo menos ella, mi amada Sofía.

¿Tendría el pelo largo?, o ya lo habría cortado. ¿Estaría más delgada?, o quizás habría engordado. ¿Pensaría aún en mí?, o tal vez me habría olvidado. Todo esto pensaba, mientras al pueblo llegaba, pasados ya 10 años.

Se detuvo el autobús algo distante. No hay forma de llegar al pueblo por tierra. Hay que atravesar los manglares, en canoa, como antaño. Nada que no supiera ya. Por eso, tan pronto bajé del autobús: tomé mi valija, me acerqué a los piragüeros, pagué el bien económico importe y me embarqué.

Comenzamos a adentrarnos en los manglares. El calor era implacable. Los mosquitos, atravesaban el paño de mi traje y se daban un festín. ¿Cómo puedo venir en traje, a este lugar olvidado por Dios? —Me preguntaba— Ah, ya lo sé… mi afán por mostrar mi título: el médico. El primer médico del pueblo. El orgullo de la familia. ¡Bah! —suspiraba en sosiego—, lo importante es que podré pedir la mano de Sofía. Eso es lo importante ¡Será mi esposa! Mi amada Sofía…

Lentamente avanzaba la piragua. No distinguía yo nada; aunque lo recordaba todo. Hasta que, de pronto, al mirar al horizonte lo pude ver: el viejo islote. El recóndito pedazo de tierra flotante, donde solía esconderme con ella, con Sofía. Donde solíamos amarnos en secreto. ¿Cuántas noches habrían sido? Tantas… Cada una tan especial. Cada una eterna en sí misma.

Le pedí —de inmediato— el cambio de rumbo a Mario, el piragüero; para que se detuviera en el islote. Mejor para él, así podría regresar por otro viaje. Le pedí que luego pasara por mí. Le esperaría en el claro donde habría de dejarme.

Entonces, justo cuando se orilló, descendí. Sentí de inmediato ese aroma, ese viejo aroma a humedad; a madera vieja, a candor, a ansiedad, a pasión. A Sofía y a mí.

Seguí caminando y me adentré en los manglares, poco entra la luz del sol, poco o nada, para ser preciso. Quité entonces las ramas secas y fue cuando lo vi. En mitad del islote, el pequeño chalet: unos juncos y una sabana vieja —casi deshecha ya— que tendí para ella y para mí. Nuestro eterno lugar. Nuestro mutuo secreto.

Grata sorpresa descubrí al acercarme y ver todo justo como antes. ¡Todo incluso ella! Que me esperaba ansiosa, con los brazos abiertos. Tan hermosa, tan radiante. Estaba allí, luego de 10 años. Como suspendida en el tiempo; como si nunca me hubiera ido. ¿Qué más podría pedir?

Me acerqué a hablarle, pero no fue posible; pues me bastó verla para perder el control. Como hacía unos años, estallamos en una ambrosía de pasión. Nos amamos como antes; pero fue como nunca. Yo reía, ella lloraba. Supuse que de amor, supuse que de espera.

Hicimos el amor y luego, el amor nos hizo. Y allí quedamos, exhaustos. Rendidos.

Caí en un sueño profundo, sereno y largo. Mario, al regresar por mí, gritó un buen tiempo mi nombre, recorriendo el islote, gritando a viva voz; buscándome. Pero al final, viendo que la noche se acercaba, quizo creer que tal vez una de las otras piraguas me había llevado y desistió de mi búsqueda.

Desperté al día siguiente, solo. No me molesté, entendí que Sofía debiera regresar a su casa. Hubiera sido demasiado extraño que durmiera afuera —justo al llegar yo—. Me dejó su prendedor, el viejo prendedor de su abuela. Al verlo, lo tomé en mis manos y comencé a abrirme camino hasta el claro.

Allí esperé una piragua, que no tardó en aparecer. Los pescadores de ostras, comenzando sus labores. Pedí me arribaran al pueblo, me llevaron con todo el gusto, no poco extrañados por mi particular atuendo.

Mientras más me acercaba, más reparaba en el prendedor, con detenimiento y más sonreía. Faltaba poco. Podía sentirlo.

Cuando divisé el pueblo, sonreí con gusto: mi pueblo viejo, mi amado pueblo. Cómo fingiría sorpresa. Al ver a Sofía, de nuevo, cómo fingir que no la había visto ya. Cómo aparentar que nada había pasado…

Llegamos al puerto, descendí con firmeza y emprendí camino a casa de mis padres. Un kilómetro, tal vez uno y medio (a toda marcha, por supuesto).

Cuando por fin pude ver la casa, me detuve un instante. Quise apreciar el bajareque cobre pálido. La palma seca en el techo. El fogón encendido. El aroma del café… volví a ser un niño. Fue mágico.

Saludé a mi padre y abracé a mi madre. Comencé a contarles cómo había sido todo, tantos años, tanto tiempo. Los amigos, la universidad, el hospital, la capital… Tantas cosas.

Mi madre lucía triste, algo decaída; yo no entendía por qué. Me hallaba emocionado, no dejaba de hablar; ni de sonreír. Ella me interrumpió entonces, preguntó cómo estaba yo, cómo había recibido la noticia, estaba sorprendida de verme tan bien. Yo no entendía lo que ocurría. No lograba comprender de qué noticia me hablaba. Hasta que mi padre, directo como siempre, lo dijo:

- Tan rápido has olvidado a Sofía?
- ¿De qué hablas? Olvidado ¡Jamás! He venido a pedir su mano. He de casarme con ella.
- Hijo, ¿No recibiste nuestra carta, cierto?
- ¿Cuál carta padre, de qué me hablas?
- Lo siento mucho hijo ¡Sofía está muerta! la encontraron flotando en el río, hace algunas semanas. Fue a recoger unas flores, del viejo islote al oeste, ese del claro arenoso; pero al parecer su piragua naufragó y no alcanzó a llegar a tierra…

Mientras escuchaba a mi padre, mi cuerpo se iba helando. Quedé estupefacto, pávido e inmóvil. Metí la mano al bolsillo, buscando su prendedor. Pude palparlo, lo saqué para verlo; pero no era más que un trozo de madera seco y viejo.

Rompí en llanto, entonces, por las muertes. La muerte de Sofía y la muerte de mi cordura.

701500 millas voladas

Soy viajero frecuente, desde hace 10 años. He pasado más tiempo volando del que he acumulado conduciendo. Hoy, en mi enésimo vuelo, he llegado a la cifra de 701500 millas voladas y mientras cruzo la barrera de las 700K siento la necesidad de detenerme; al menos por un tiempo. No puedo viajar más. Necesito aterrizar.

Recuerdo, con no poca nostalgia, mi primer año volando. Primer semestre de universidad y vuelos constantes (varios por semana). Una mezcla naturalmente incompatible; pero muy divertida. Mientras mis amigos estaban en clase yo estaba en algún otro lugar del país, o del mundo: viajando, conociendo, trabajando y disfrutando. Siempre lejos de casa. Lejos de todo y de todos. La fórmula perfecta cuando uno es un solitario, como solía yo serlo.

Alcancé el estatus élite en mi primer año de viaje, en realidad en mi primer trimestre. Desde entonces y hasta el día de hoy, me he mantenido en el nivel más alto posible: Diamond. Cosa que tiene sus ventajas: millas por prácticamente todo, trato preferencial, acceso a salas como esta (con comodidades útiles para quienes vivimos viajando) y ascensos automáticos a clase ejecutiva tanto en vuelos nacionales como internacionales. ¿Cómodo? ¡Claro! ¡Comodísimo! De no ser por un pequeño detalle: la costumbre.

Decía Aldous Huxley “el hábito convierte los placeres suntuosos en necesidades cotidianas”. Creo que soy víctima de eso, de la mala costumbre: no aguanto esperar un vuelo, no soporto una fila de espera, no tolero una demora de equipaje; porque me malacostumbré a no hacerlo, en realidad: me malacostumbraron.

Han sido tantos los años siendo un consentido que, ahora, muchas veces viajo por viajar. Por el placer que implica el trato preferencial. Por vanidad. ¡Qué terrible ser consciente de eso y no hacer nada al respecto! Al menos no hasta ahora.

Y es que antes, cuando intentaba reflexionarlo, me detenía sin profundizar diciéndome: éste será el último mes, éste será el último año, ahora sí me detendré. Pero el tiempo pasó y no me detuve. Como dice la célebre Rosa Montero “Todos llevamos nuestra perdición pegada a los talones”, nada más cierto.

El placer de viajar, de conocer, de descubrir; es algo que envicia.

La maravillosa sensación-hotel, que describo como el poder largarse sabiendo que al volver todo estará en orden, es una cosa extremedamante relajante; pero nociva, pues uno llega a creer que en la vida, todo es así; que las personas son así. Que uno puede sencillamente irse y volver, como quiera, cuando quiera. Nada más falso.

Las millas que tengo alcanzan para darle la vuelta al mundo, en compañía y al menos dos veces; pero, ¿con quién hacerlo? ¡Si por andar volando he estado solo! Comienzo a pensar que después de tanto tiempo en el aire no será precisamente fácil aterrizar; sólo espero que no sea imposible.

Y pienso esto mientras espero tomando un whiskey, en la sala VIP. Escuchando shades of cool, de Lana del Rey. Mirando a mi alrededor, probablemente otros 20 o 30 viajeros frecuentes que como yo esperan salir a su destino. Miro sus caras, pocos son jóvenes. ¿Cuántas millas habrán volado? ¿Cuánto tiempo habrán vivido, a 10,000 pies de altura?

En mi caso, la respuesta es simple: 701500 millas y 10 años. La decisión es contundente: menos contacto con aviones y más con personas.

Ahora solo queda esperar a tener un buen aterrizaje.

Turing, el payaso

Turing-el-payaso

Todos los días desde temprano estaba en escena Turing, el payaso; ensayando sin descanso. Preparaba nuevas rutinas, inventaba nuevos chistes, ensayaba nuevas caídas… Para quienes tuvimos el placer de verlo actuar, sigue siendo sorprendente que nunca, ¡nunca!, repitiera un show.

Todos querían felicitarlo después de cada función. Los niños hacían largas filas para fotografiarse con él quien, gustoso, los sentaba en sus piernas y les regalaba una sonrisa.

Podríamos decir que era Turing la estrella del show, podríamos decir que era el personaje más importante del circo; pero mentiríamos. Mariana, la hermosa trapecista, ostentaba este galardón.

Turing la conoció en el circo. Justo cuando se iba a retirar; pero después de conocerla decidió esperar. ¿Qué tanto sería un año más? ¿Un siglo más? Y es que le bastó conocerla para prendarse de ella. ¡Yo no lo juzgo! Mariana era hermosa: menuda y serena. Muy bella; pero muy joven.

Cómo conoció Turing a Mariana amerita, por sí mismo, todo un cuento. Turing la vio por primera vez la tarde de un miércoles, ella estaba sentada, escuchando las indicaciones del director del circo, un hombre de pelo largo, cenizo. Un verdadero loco. Cuando Turing la vio se enamoró. Fue inmediato; pero aún así, no hizo nada. Pudo más el miedo, se sentó a escuchar y guardó silencio.

Así todos los días. La veía, callaba y aguardaba por el día perfecto. Ese momento mágico; pero el tiempo pasaba y el día no llegaba. De repente, un viernes, estando él algo distraído, Mariana se le acercó a saludarlo. En realidad era sólo una excusa, ella había faltado al ensayo anterior y quería preguntar para ponerse al día. Turing lo entendió; pero quiso creer otra cosa: que en realidad ella se había acercado por gusto. Porque a lo mejor —pensaba él— ella también sentía lo mismo.

Así comenzó su relación. Y digo relación porque, por más que quisiera decir amistad, sería mentirles. Turing la amaba y ella… ella era muy joven. Turing se esforzaba en tarima haciendo rutinas cada vez más extensas, más complejas y más refinadas. Ella lo veía y reía, a veces, incluso, lo saludaba. Pero mientras él ahondaba más y más en el abismo de sus ojos; ella se perdía por otro: Rubén, el gimnasta.

Rubén llevaba en el circo mucho menos que Turing. Su puesta en escena no era tan brillante; pero era más joven, mucho más joven que él. Además, era gimnasta y por ende ensayaba con las trapecistas —incluyendo a Mariana—. por eso, no fue extraño que al pasar unos meses, Mariana hubiera empezado una relación con él. Mientras que Turing, ignorándolo todo, seguía soñando perdido en sus fantasías.

Pero una tarde, una tarde bien cálida, mientras Turing salía al camerino, los vio juntos y lo entendió. Entendió que ella estaba enamorada, no precisamente de él. Lo supo en sus ojos y en su sonrisa. Y no es que los viera besándose… Eso habría matado al pobre de Turing; pero los vio caminar juntos. La vio a ella sonreír, la vio mirarlo y sonreír… Esa clase de mirada que solo produce el amor. Turing, recogió lo que quedó de sí y se marchó del circo.

Con el paso de los días, percatándose Mariana de la situación, lo buscó. Lo buscó con no poca insistencia. Y lo encontró. Turing llevaba varios días sin ir al circo, había tomado una licencia médica; cuando en realidad no salía de su casa. Solo pensaba y escribía.

Hasta allí llegó Mariana. Le dijo cuánto lo quería y cuánto lo extrañaba. Turing olvidó que la había olvidado… y retomó. Ella le confesó que Rubén no la llenaba, no por completo. Él, nuevamente, volvió a caer. Volvió a buscarla, volvió a cubrirla… Mariana era feliz. Turing estaba muriendo. Muriendo pues el corazón de darse, llega un día en que se parte.

Ese día llegó más pronto que tarde. Habían pasado unos meses. Turing seguía su rutina, todos los días. El mismo, el especial. Hasta que un día, no pudo más y por fin la encaró:

— ¿Por qué no te apiadas de mí y de mi dolor? ¿Por qué me miras, indolente y frívola? ¡No me contestes, ya lo sé! Es porque soy un payaso viejo, ¿cierto?. Vine a este mundo a reír y alegrar. No tengo el derecho de llorar. ¡No entiendes que mi alma se consume!

Mariana lo miró entonces, compasiva y misericordiosa, por primera vez en su corta vida. Turing se alegró por su rostro, esperaba buenas nuevas, se llenó de emociones. Henchido su corazón, estaba a punto de estallar cuando, de repente, Mariana interpeló:

— No, Turing. ¡Eres tú quien no lo entiende! No puedes llorar, no por que seas payaso. No puedes amarme, no porque seas viejo, sino por que eres un robot. Y los robots no tienen corazón.