La parábola del pastor ciego

Un día decidí buscar a Dios. Quería encontrarlo, a como diera lugar. Visité multitud de iglesias, me afilié a multitud de cultos, leí todos las Biblias, todos los textos. Oré hasta más no poder, clamando que me dejara ver su rostro, que se manifestara.

Lo busque tanto que lo encontré, una tarde de abril:

  • Este soy yo: Jehová, tu Dios. Dime, ¿quién eres tú?

Tuve que guardar silencio. Tanto tiempo tratando de conocer a Dios… que olvidé conocerme a mí mismo.

De cuerdas y anclas

Soy feliz. ¡Oh, gran cosa! No… ¡En serio! Soy feliz. Y hacía tanto que no lo era a plenitud. Siento que paso por el mejor momento, por los mejores años de mi vida. Aprendo mucho, todos los días… Mi trabajo es cada día de mejor calidad y he ido filtrando la gente a mi alrededor para dejar únicamente lo bueno, lo que vale la pena: la gente sincera, la gente valiosa. No más cuerdas. No más anclas.

Y es que —muchas veces por descuido— tropezamos con obstáculos, tal vez llamativos; pero en todo caso obstáculos. Que nos separan de nuestra meta. Que nos desvían de nuestro horizonte. Nuestro maldito complejo de Superman nos pide a gritos que nos quedemos, que soportemos, que ayudemos, que sostengamos… ¿Al final para qué? Quien sirve de escalera a un tercero: tarde o temprano termina aplastado. Quien da pan a perro ajeno: pierde el pan y pierde el perro.

Por eso decidí liberarme. Soltar la cuerda y dejar el ancla. Una vida libre y sin ataduras.

¿Qué me dice usted? ¿ya lo intentó?

Cuestión de fe

Joaquín está despertando, en harapos, en un rojizo desierto, vasto como su bondad. ¡Qué extraño! Joaquín está despertando ¡Pero acaba de morir! Ha tenido un trágico accidente. Venía de trabajar, ya casi llegando a casa, cuando un adolescente ebrio lo embistió de repente.

Andrés, el ebrio, cree que no tiene la culpa. Después de todo sigue el ejemplo de su padre, un conocido político de la región famoso por conducir borracho y salirse con la suya.

Esto ya había ocurrido. Cuando Andrés lo hizo por primera vez su padre, en lugar de reprimirlo, llamó al director de tránsito y el problema fue resuelto. Humberto nunca ha estado para su hijo; pero todas las semanas, antes de viajar, deja una buena suma que Andrés gasta en licor, mujeres y gasolina.

Y si Andrés cree, equivocadamente, que no tiene la culpa; Joaquín sí que menos. Es un hombre honorable. Devoto a su familia y a su profesión. Es un médico cirujano que trabaja doble turno: uno en una clínica privada, para sostener a su familia con todas las comodidades; y otro en un hospital público, por vocación social.

Andrés es católico. Y va a misa, todos los domingos, con su padre. No se pierde una eucaristía e incluso, una que otra vez ha leído la Biblia. Es generoso con la ofrenda y su padre gran benefactor de la iglesia y la comunidad. El colegio y el dispensario llevan su nombre; y el pueblo que lo elige así se lo reconoce. Por eso son apodados, hasta cariñosamente, los borrachitos. Padre e hijo.

Mientras Andrés agoniza, sólo piensa en Dios. «Ayúdame, Dios todopoderoso —se dice, convencido—. Sálvame de ésta y te juro que no vuelvo a tomar.»

Joaquín es agnóstico. No entiende a Dios y no cree en la iglesia. Vive conforme la constitución política de su país. Y ejerce sus deberes y reclama sus derechos como ciudadano. Nunca da limosna; pero realiza trabajo social. No apoya la iglesia; pero lleva mercado a familias necesitadas. No da dinero en los semáforos; pero sí en los albergues y así como cobra lo que debe, a quien puede; también deja de hacerlo con quien lo necesita. No cree en la Biblia como texto sagrado; pero la lee con frecuencia por tan maravillosas enseñanzas.

Joaquín está muriendo tranquilo. «Mi familia me echará de menos; pero estarán todos bien. —piensa—. ¡Qué bueno haberlos amado en vida!»

Joaquín y Andrés han sido llevados al mismo hospital. Curiosamente reciben el mismo diagnóstico: muerte cerebral. Y así como Joaquín está despertando; Andrés también lo está haciendo. Pero no en un desierto, sino a las puertas del cielo. Ambos despiertan; aunque ambos están muertos. Uno, el bueno, despierta en el infierno: por no creer en Dios. El otro, el creyente, despierta en el cielo.

«¡Qué calor el que hace aquí! —piensa Joaquín—. Éste debe ser el infierno. Todo parece indicar que la mayoría tenía razón. Si existe el cielo y el infierno. Dios es real… Y el diablo ha de serlo también.» Joaquín se cuestiona mientras se arrastra por ese vasto desierto. Se dirige a una estructura que se alza a unos cientos de metros; y lo hace con no poca dificultad: debe arrastrar unos pesados grilletes. La piel de su espalda ha comenzado a deshacerse en jirones. «¡Es hora! —piensa— Tendré que pagar por no haber creído a ciegas.»

Andrés, por otra parte, va en un hermoso carruaje. Blanco, reluciente. Similar a su camioneta: la misma con la que arrolló a Joaquin: la misma en la que atravesó el panorámico, por conducir sin cinturón de seguridad. «Al parecer morirse no es tan malo. —se emociona pensando, mientras ve a la gente sonreír de auténtica felicidad—.» El carruaje se dirige, con algo de prisa, a los tribunales sagrados.

Mientras Joaquín avanza hacia su injusto tormento y Andrés hacia su inmerecida felicidad, ambos reflexionan.

«Bueno, no hay forma de echar atrás. He de asumir con coraje mi falta de fe. Ya no puedo hacer nada. Aunque creo que fui, en medio de todo, un buen ser humano. —piensa Joaquín—.»

«Ahora sí, llegó la hora de disfrutar. ¿Quién lo diría? Después de todo sirvió ir a misa todos los domingos… y a mí que no me gustaba madrugar… —piensa Andrés— Menos mal hice caso a mi padre; menos mal siempre fui a misa, siempre cargué mi rosario y di limosna a los pobres.»

Joaquín entra al averno. Resuelto y decidido a purgar su pena, por su tan trágica falta de fe. Al ingreso, ve como el lugar se halla repleto de desdichados como el, que en múltiples salas de juicio están recibiendo sus condenas conforme sus vidas: asesinos, ladrones, violadores, abogados, políticos… todos recibiendo sus condenas. De repente, Joaquín es llamado por una voz seca, que resuena al final de un angosto camino, con una pequeña puerta. «¿Será tan nefasto el destino que me espera? —se pregunta—.»

Andrés, en los tribunales sagrados, descubre multitud de perfiles distintos: de barrenderos hasta astronautas. Todos recibiendo pequeñas llaves doradas. Todos con cara de felicidad. Andrés los ve adentrarse por caminos de piedras preciosas. «¡Ésta es la vida que yo me merezco! —exclama—.» Andrés recibe una llave aún más grande que las que había podido ver hasta ahora. Y es conducido por un camino mucho más grande que los anteriores. Se dirige feliz, cantando y sonriendo hacia su eterna felicidad.

Ambos llegan al final del camino: ambos llegan a las respectivas puertas. Joaquín: el incrédulo virtuoso y Andrés: el religioso borracho.

Joaquín abre la diminuta puerta. Andrés inserta la llave y atraviesa emocionado el majestuoso portal. Ambos quedan estupefactos.

Joaquín descubre, al atravesar la puerta, que una fuerza indescriptible lo ayuda a ascender al cielo. Andrés, recién atravesando el portal, comienza a caer estrepitosamente al infierno.

Dios, al final de todo, misericordioso: reclamó a Joaquín como su hijo y brindó perdón a su incredulidad. A Satanás le fue entregado Andrés, que creyó, al igual que su padre, que “el que peca y reza; empata”.

Al final, cada quien recibe lo que se merece.