Bienvenida

Y sintió miedo ¡Por supuesto! Miedo de no conocer. Miedo de saber demasiado.

Miedo de irse, miedo por quedarse.

Miedo por vivir, miedo de estar muerto.

Pero entonces, recordó que la vida no puede medirse por el número de errores; sino de aciertos. El error de un mal encuentro, el acierto de asumirlo. El error de no detenerse… El acierto de continuar.

Es distinto. Puede irse. A diferencia de otras, no tiene lazos. No hay collar, no hay cadenas. Esas las tiene él. Entonces tendrá que ser bueno, en realidad, tendrá que ser perfecto.

Al final —y lo sabe muy bien—, para ejercer de custodio, el dragón debe padecer insomnio.

Él o el

Y entonces el miedo la mantenía allí, con él. Quería irse: soltar todo y largarse ¡Pero no era capaz!

—¿Qué dirán de mi? ¿Qué será de mi hijo? ¿Cómo crecerá lejos de su “padre”? ¿Qué debo hacer? ¿Dedicarme a el? ¿Olvidarme de mi?

Maldito estigma social: ser madre soltera ¡No se es madre soltera! No se es madre casada. No se es madre separada. ¡Se es madre y punto! Ser mamá es un proyecto de vida, no un estado social.

Nadie le devolverá tantas lágrimas. Nadie le regresará las noches en vela, cuidándole. Pocos, muy pocos, entenderán qué su amor por el es más grande que cualquier cosa: porque es una parte de ella.

Y entonces vendrán algunos, a tratar de enamorarla; pero cuando sepan de su hijo, la mayoría partirá. Otros, sólo querrán una noche con ella. La tengan o no, también se irán.

Hará falta uno que la ame -de verdad-. ¡Que llegue a conocerla! ¡Que quiera enamorarla! Que entienda que ella nunca lo amará más; pero que podría amarlo mejor.

Y entonces él llegará y su hijo se opondrá. El fruto de su vientre le negará su felicidad. Y ella tendrá que hacerle entender que no puede ser egoísta, ¡que tendrá que compartirla!

De otra forma, tendrá que decidir entre los dos: él o el. Y en esa decisión, siempre habrá un gran perdedor: ella.