Nació una estrella

Sumergido respira —o al menos lo intenta—. Abre los ojos —más negros que nunca— y se agita. Un velo macabro lo cubre: la muerte ronda de cerca. Turipaná se vestirá de luto.

A la parca, la ven todos pasar, con su negro manto. Primero la ve su madre; que lejos del lugar siente su corazón, cual mar bravío ¡Algo pasó! Lo sabe bien.

Luego la ve pasar su abuela, inerme, mientras trata de incorporarse; sus huesos ya no son fuertes, su velocidad no es suficiente.

Ahora viene su tío. Se sumerge ¡Lo rescata! Falta un poco de oxígeno ¡Ya viene la ambulancia! Ah, no es cierto. En este pueblo de mierda nunca hay una cerca…

En la distancia, la ve pasar ahora su padre; y lo presiente, impávido. Lo sabe aún sin saberlo. Ofrece entonces un trueque: una vida por otra. Pero la sórdida muerte cobra en efectivo.

Y mientras esto pasa, todo pasa. Él sufre. Está exhausto. Busca una salida y la encuentra: encuentra una salida a este mundo extraño.

Ahora todo está en calma. El silencio después de la tormenta. La gente se acerca: gritos, dolor, lagrimas y sentimiento.

La muerte camina despacio, alejándose. Ahora va acompañada. El sol se avergüenza y se oculta, una Van se disfraza y corre a los galenos… Demasiado tarde. No hay reembolsos.

Él muere. Su abuela y sus padres se entierran con el. Ellos no están muertos; pero lo están. —Sólo un padre entiende ese silencio frío.

Nadie dice nada. No hay explicación, ni posible consuelo.

Yo me sirvo otra taza de café y lloro, desconsolado. Entonces reparo que el cielo estaba negro, era una noche sin luceros. Ahora, sin embargo, de repente algo titila ¡Una luz blanca, brillante y hermosa que ilumina la noche!

Mientras todos lloran ahora yo sonrío. En el cielo brilla una nueva estrella y esa, esa es eterna.

Mi negra

Mi negra es blanca, y transparente;
¡Esa es mi negra!
Anda desnuda, aún con costuras;
¡Qué hermosa negra!

Camina altiva, bien elegante;
¡Posuda negra!
Es bien esquiva, casi pedante;
¡Mi tosca negra!

Mira. Sonríe, y se sugiere;
¡Pícara negra!
Ahora se ríe, y el tiempo muere;
¡Bendita negra!

No lo diría, aunque quisiese;
¡Prudente negra!
Pero yo se que ella me quiere;
¡Y yo a mi negra!

Bienvenida

Y sintió miedo ¡Por supuesto! Miedo de no conocer. Miedo de saber demasiado.

Miedo de irse, miedo por quedarse.

Miedo por vivir, miedo de estar muerto.

Pero entonces, recordó que la vida no puede medirse por el número de errores; sino de aciertos. El error de un mal encuentro, el acierto de asumirlo. El error de no detenerse… El acierto de continuar.

Es distinto. Puede irse. A diferencia de otras, no tiene lazos. No hay collar, no hay cadenas. Esas las tiene él. Entonces tendrá que ser bueno, en realidad, tendrá que ser perfecto.

Al final —y lo sabe muy bien—, para ejercer de custodio, el dragón debe padecer insomnio.

Él o el

Y entonces el miedo la mantenía allí, con él. Quería irse: soltar todo y largarse ¡Pero no era capaz!

—¿Qué dirán de mi? ¿Qué será de mi hijo? ¿Cómo crecerá lejos de su “padre”? ¿Qué debo hacer? ¿Dedicarme a el? ¿Olvidarme de mi?

Maldito estigma social: ser madre soltera ¡No se es madre soltera! No se es madre casada. No se es madre separada. ¡Se es madre y punto! Ser mamá es un proyecto de vida, no un estado social.

Nadie le devolverá tantas lágrimas. Nadie le regresará las noches en vela, cuidándole. Pocos, muy pocos, entenderán qué su amor por el es más grande que cualquier cosa: porque es una parte de ella.

Y entonces vendrán algunos, a tratar de enamorarla; pero cuando sepan de su hijo, la mayoría partirá. Otros, sólo querrán una noche con ella. La tengan o no, también se irán.

Hará falta uno que la ame -de verdad-. ¡Que llegue a conocerla! ¡Que quiera enamorarla! Que entienda que ella nunca lo amará más; pero que podría amarlo mejor.

Y entonces él llegará y su hijo se opondrá. El fruto de su vientre le negará su felicidad. Y ella tendrá que hacerle entender que no puede ser egoísta, ¡que tendrá que compartirla!

De otra forma, tendrá que decidir entre los dos: él o el. Y en esa decisión, siempre habrá un gran perdedor: ella.