El valor de hacer

A principios de este año me mudé a mi actual residencia. Un departamento que, como todo departamento nuevo, es lo más impersonal que puede haber. Por toda la situación del COVID decidí dilatar la personalización de este: el famoso interiorismo. Algunas personas contratan diseñadores que les apoyen, al ser esa mi pasión, no iba a permitir que alguien más me dijera cómo disponer de los espacios. Realmente creí que sería fácil; ciertamente, estaba equivocado.

¡Cuánta similitud hay entre una obra civil y la ingeniería de software! Después de todo, es la misma disciplina: la ingeniería. Proyectos, diseños, planos, ejecución, pruebas y entrega. Una secuencia no exenta de errores humanos y contrariedades impredecibles.

Terminé el diseño de mi estudio, de la reforma de este. Sí, debí hacerlo cuando el departamento estaba sobre planos -dirán-; pero quería sentir el espacio antes de intervenirlo. Esa intervención incluyó afectar 3 paredes, una ventana, la creación de 2 muebles y la consecución de algunos recursos: madera y mármol. Algo normal -creí-. Diseñé el nuevo espacio final y entonces, consciente de la diferencia entre planear y ejecutar, procedí a buscar el “ejecutor” adecuado. Conseguí propuestas de 3 contratistas. Una por X monto, otra por más o menos el doble de ese valor y otra por 2.8 veces el valor de la primera. Sobre todas las propuestas recaía el peso del desarrollo y la revisión de este en el contratista, no en mí, el usuario final. Ninguna de ellas me inspiró confianza. Ni sus valores me parecieron razonables, curiosamente no por altos, sino por lo contrario: cómo va una persona a supervisar de manera consciente, decidida y permanente una obra, con una ganancia tan marginal. No tenía sentido entonces, ni lo tiene ahora.

Decidí entonces lanzarme a la tarea de dirigir, por primera vez, la obra en cuestión. Un contacto me consiguió el personal y comencé a ejecutar los diseños uno por uno, hasta implementarlos. Supervisando, consiguiendo el material, revisando precios, calidades y tiempos de entrega. Fue un tiempo largo. Aunque dimensioné X tiempo, resultó siendo casi el doble (y eso que no se perdió tiempo, ni hubo retrasos previsibles), la mayoría fueron problemas de clima. No obstante, hubo retrasos, devoluciones, ajustes e imprevistos. Al final, terminé la obra: mi estudio soñado, justo como lo quería; pero estoy convencido de que no habría resultado igual, de haberlo dirigido otro. Ni siquiera parecido. ¿Probablemente mejor? ¡Por supuesto! Pero no habría sido mío.

Analizo todo esto pues hoy me contactó un cliente nuevo. Quiere diseñar una experiencia digital para el acceso de unos usuarios a sus servicios. Me dice que ya tiene “resuelta” la idea y su ejecución, que sólo necesita el desarrollo de esta. Pienso entonces cuán equivocado está, aunque no lo sabe aún. Sólo a medida que se vaya dando forma a sus requerimientos y se vayan teniendo vistas, micro interacciones e interfaces, se podrá saber si el cliente lo tiene resuelto, o no. Si sólo es desarrollar software o hace falta pensar.

En mi experiencia, en estos 20 años en el negocio: siempre hace falta pensar, después diseñar y después, sólo después: construir.

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